El ensordecedor y rítmico repicar de los cencerros ha vuelto a ser, un año más, la banda sonora de Fresnedillas de la Oliva. Con el primer tañido a la medianoche, arrancó la Fiesta de la Vaquilla, un ritual ancestral y lúdico en honor a San Sebastián que transforma las calles de este municipio en un escenario de personajes simbólicos, carreras y tradición inmemorial.
Los primeros en tomar las calles han sido los Judíos, un grupo de jóvenes que, ataviados con vistosos monos floreados, pañuelos y cencerros atados a la espalda, han recorrido el pueblo hasta la Plaza de la Constitución para «traer el carro».
Con las primeras luces del día, a las 9.00 horas, ha dado comienzo el acto central: la suelta y las primeras carreras de la Vaquilla, el personaje principal, encarnado por un joven que porta sobre sus hombros un armazón de madera que representa esquemáticamente al animal.
La escena la completan otros personajes clave. El Alcalde y el Alguacil representan la autoridad, ataviados con traje y sus característicos sombreros de colores. El toque grotesco y cómico lo ponen el Escribano y la Guarrona, un matrimonio interpretado por hombres que visten atuendos extravagantes.
Tras las carreras por las calles, todos los personajes se han dirigido a la iglesia para la misa y la posterior procesión con la imagen de San Sebastián. En ella se mantiene la tradición de la ofrenda, donde se entregan monedas a cada uno de los Judíos.
El clímax de la jornada llega al atardecer con el simbólico «sacrificio» de la Vaquilla, representado con un disparo de escopeta al aire. Acto seguido, todo el pueblo participa en un ritual de comunión: beber la «sangre» de la Vaquilla, que en realidad es vino tinto servido por el Escribano y la Hilandera desde un barreño en la plaza.
El ritual se repite al día siguiente, 21 de enero, con la Fiesta de la Vaquilla de los Casados, donde los hombres matrimoniados toman el relevo como protagonistas, cerrando unos días de intensa tradición que reafirman la identidad y la cohesión de Fresnedillas, manteniendo viva una celebración única que pasa el testigo entre generaciones al son inconfundible de los cencerros.
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